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Prólogo

     Conocí a César Yáñez hace mucho tiempo, en San Luis Potosí, de donde en  buena parte soy, por amor y por nostalgia.

     Yáñez era entonces un joven aprendiz de escritor, cuyas excelencias congénitas se muestran maduras en las cartas del loco que editorial Trébol ha tenido el acierto de publicar.

     César Yáñez ha vuelto a la ciudad que le quedaba chica, que lo inmovilizaba como una camisa de fuerza, pero ahora se reconoce en ella, ha descubierto la verdadera armonía de San Luis, no la aparente y letárgica sino esa que como las matemáticas, según palabras de Albert Lautman, vive gracias a “la solidaridad del todo y de sus partes, la conversión de propiedades de relación a propiedades intrínsecas, al paso  de la imperfección a lo absoluto,” donde “los contrarios no se oponen sino que son capaces de componerse entre ellos”.

     Por eso, el lenguaje de Yáñez juega con los contrarios, renueva los significantes y altera los significados, metaforiza e integra, no se limita a lo distributivo, rebasando así las propiedades de relación y acentuando las intrínsecas, con frases, expresiones y palabras como estas: “acá está más fresco el calor”, “se baja de los zapatos”, “el baile estaba borracho cuando llegó”, “la noche se ha ido a dormir y (…) amanecen los trinos de la ventana. el gato llama en la puerta”, “el cielo es un mar de pájaros extendiendo las olas” (el peligro sería, en este caso, un corrector con iniciativa), “casa abierta de puertas y chimuela de escaleras”, “los títeres (…) se llenaban del alma de las manos”; muchas de ellas con una fuerte e ingeniosa, a veces cruda, carga erótica, por ejemplo: “intromisión del ojo en el mundo del ojo, degajador del gajo que de cuajo deshojas el ajo, que zanjas la hoja y que desgajas la raja, la rajita, la roja zanja el ojo”, “ahora ríe suavecito y quiere que estallen juntos y pronto”, “un dedo se abre paso en la boquita del ano cuando estallan”, (ironía) “eres el más chingón en diez centímetros a la redonda”, “descubrí (…) que el día tiene veinticuatro horas y la noche cuarenta y ocho”, (solidaridad) “el profe amenazó castigar a todos pero todos eran un silencio”, y el muchacho hambriento que tras ganarse un bocado por hacer una tarea se rebela: “hay una cacerola tapada y una bolsa, qué prefieres, chicharrón  o pan. él toma la bolsa y sale corriendo, afuera está sol esperándolos” (con sus amigos, hambrientos como él).

     Además, Yáñez maneja lo coloquial con fresca naturalidad, los personajes (¿personaje único cambiante?) son (es) definidos por sus nombres: “luzbella”, “chupafaros”, “azabache”, “maría juana”, “mirabraguetas”, “pingolillo”, “chupafalos”, “chapopote”,  “culito borracho”, “sincalzones”,: y así hasta lo imposible, “grita el lector atrás del vidrio (…) abre el silencio”.

     No hay narrador identificable y hasta el yo lector es descalificado al irrumpir un lector otro en el texto, para abrir el silencio del yo lector, simple leyente entonces de una otra lectura, que le arrebata su papel de narratario al confrontar al narrador y llamarle la atención, como lo cuenta Yáñez: “disculpen que los interrumpa -se asomó el lector- pero es una niña, no se pase (...)”. Pocas páginas después, en iguales circunstancias, vuelve a aparecer: “en la ventana se asoma la voz del lector tras la cortina. estoy oyendo todo -dice- déjenme ver”.

     las cartas del loco contiene treinta y cuatro textos ( cuentos, capítulos, prosas poéticas, relatos, crónicas, qué?).

     Imposible de definir, es el libro de alguien al que le importaba un cacahuate se escritor, lo que le interesaba era escribir.

     Y así se comportó: emigró a Europa, desapareció un gran lapso de tiempo y organizó (?) su libro: dieciocho textos antes del que le da título al volumen y quince después, pero es apenas en el treinta y dos -“tengo una varita mágica”- donde explica cómo se hizo el tomo.

     Y dice: “cuenta sol que cuando venían para acá en el camino encontraron a un viejo que estaba quemando las cartas en un brasero con carbón, que ellos tumbaron las brasas y las cartas ya consumidas y que estas son las que pudieron rescatar (…) sol miraba de cabeza las cartas, algunas le gustaban, dijo, pero no les entendía ni papa, ni maiz”.

     La explicación es completa y kafkiana. Alguien escribió que si Kafka hubiera nacido en Sudamérica sería considerado un escritor costumbrista. Yáñez, a quien al parecer le importa un higo publicar, gustar o que lo entiendan, no hace concesiones, y las cartas del loco gustan aunque algunas no se entiendan, pero editorial Trébol, como sol, confió en César Yáñez, escritor (y de los buenos) a pesar de sí mismo.

     Y nos da la oportunidad de leer un hermoso, sensual, tan erótico como las formas de una mujer desnuda convertida en palabras, libro cuyos sentidos estallan en un sin fin orgásmico.

 

Miguel Donoso Pareja          

© 2010, Miguel Donoso Pareja          

 

 

          

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COMENTARIO A LAS CARTAS DEL LOCO

Dice Guillermo Cabrera Infante: Para mí escribir, hasta lo que usted llama literatura seria, es un juego. Los juegos de palabras son palabras cuyo significado depende del juego; es el jugador quien dispone los movimientos.

Siento que este libro no ha sido escrito para una lectura consecutiva, creo que quienes lo frecuenten deben hacerlo como si jugaran con formas cambiantes que se revelen como un caleidoscopio.

Las rupturas del lenguaje, como una forma de presentarnos lo real, provoca la sensación de que lo narrado en cierto momento se independiza de la realidad y pasa a reflejar como realidad única, el lenguaje. Y el lenguaje es aquí el protagonista.

Me fue imposible encontrar un narrador guía. Encontré una multitud de puntos de vista, como si fuera una realidad variada y simultánea, algo para mí, gozoso.

Lo escrito a lápiz me llevó a pensar en días de sicoanálisis, en cierta forma sentí al autor entrar de lleno a jugar con la interpretación de su propio inconsciente, desde luego es mi lectura, a alguien más le parecerían citas del i-Ching.

La abundancia de metáforas en el texto, la mayoría hermosas, las sentí como defensas contra la nostalgia.

El libro es hermoso, las pinturas extraordinarias, la idea de introducirlas en el libro fue genial. Felicito a la editorial Trébol, creo que se ha anotado un triunfo. Y deseo que el libro vaya por el camino que merece, es un gran libro.

Elisa Carlos          

© 2010, Elisa Carlos           


 

 

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COMENTARIO A LAS CARTAS DEL LOCO
                                                                                             

Ignacio Betancourt


En estos tiempos terribles de corrupción, crímenes y abandono cultural, publicarde manera independiente un libro de creación literaria no sólo es un acto heroico, si no una especie de ritual contra la violencia y la estupidez. Mi reconocimiento más entusiasta para Emiliano Sánchez el editor y para Cesar Yáñez el autor.


Como toda obra de creación es siempre un texto abierto a la libertad del lector, debo confesar que el libro lo leí como si fuera una novela y no un conjunto de cuentos, como lo parece por su presentación donde a cada uno de ellos corresponde un título. La presencia reiterada de los personajes y la evolución de las líneas temáticas, por más que se fragmenten temporal y espacialmente, condicionó mi lectura a percibirla como un todo, una continuidad que seduce y atrae pese a lo desafiante de su estructuración.


Un mérito evidente  resulta su unidad de estilo, una voz narrativa sostenida de principio a fin en una historia sin principio ni fin, pues me parece que podría comenzar en cualquier parte e igualmente concluir donde fuere, dado que sus valores más que diegéticos resultan metafóricos, fusión de entornos y delirios en la que los chispazos de realidad se vuelven surrealistas, en parte por ese gusto de antopomorfizar elementos naturales y emociones.


La riqueza semántica de las cartas del loco es evidente, por ejemplo, cuando Cesar Yáñez narra el periplo del vendedor en verdad narra el árido altiplano mexicano y su resequedad material y espiritual; cuando recrea la cotidianidad de ese club de amigos y amigas, verosímiles y figurados, recrea la vida lumpen a que el desempleo y la exclusión condena a gran parte de la juventud; o incluso cuando describe las alucinaciones de la intoxicación, su escritura las convierte en parábolas, como la ocasión donde quien se siente encerrado trae la llave en el bolsillo de su pantalón.


El libro es un gran entramado  donde se mezcla de manera orgánica el amor, las drogas, el alcohol, la amistad, el sexo, la vitalidad, la pobreza, la infancia, la permanente búsqueda del eterno femenino y una conciencia abstracta que evoluciona a través de la voz de un I Ching o un Tarot peculiares y siempre convincentes. Esta diversidad se logra a través de insertar como pequeños manuscritos, aparentemente ajenos a lo contadoy sin revestimiento anecdótico, las advertencias que de libros y cartas arroja el azar, las que van construyendo una actitud consciente de la necesidad de cambios  de épocas y maneras de ser, que puede  corresponder  al autor, al lector o a cualquiera de los personajes.


Formalmente no existe una sola letra mayúscula, luego del punto y aparte o el punto y seguido hay siempre una minúscula, igual para los nombres propios que son más bien actitudes sustantivadas. Tal recurso podría resultar justificado quizá para enfatizar cierto desapego en lo que se cuenta, lo cual pone a salvo al narrador de cualquier tono melodramático (quien por cierto aparece como personaje, lo  mismo que el lector), pese a lo trágico de ciertas situaciones.La inclusión de la obra pictórica de Cesar Yáñez resulta válida sólo por que él es un hombre renacentista, es decir polifacético: actor, músico, dramaturgo, titiritero, pintor, dibujante, narrador, e intérprete del I Ching.


Por último me gustaría señalar el disfrute en el uso del lenguaje, aliteraciones, rimas, adivinanzas, juegos en lo narrado y fuera de ello, todo para hacer verosímil la autodestrucción y el renacimiento de personajes que deben parirse a sí mismos entre ratas, cerdos, basura, drogas, suciedad, perros, gatos, excrementos, orines, hambre y desmadre, un discurrir contracultural y poético que vuelve excepcional lo cotidiano.


San Luis Potosí, México

                                                                                                        Agosto de 2010

© 2010, Ignacio Betancourt

 

 

CÉSAR YÁÑEZ, EL NARRADOR DEL BARRIO

Por Roberto Ruiz Gutiérrez

César Yáñez publica en la editorial Trébol de nuestro amigo Emiliano Sánchez, el tan ansiado libro “las cartas del loco”, producto de años de trabajo narrativo,plástico, poético y sobre todo: lúdico.

Yáñez, el chupafaros, el que cuenta de un San Luis sesentero; Yáñez, el que redondeó la atmósfera citadina como un lenguaje surrealista; que deduce el amor desdichado a pesar de hacer el amor en el baño.

Tal vez seamos pocos los que sabemos que el ambiente del barrio es retratado fielmente por César Yáñez: los apodos cuyo origen se pierden en el laberinto de las vecindades; las bromas macabras atravesando el confin de lo tolerante y lo intolerante; la oportunidad para que las nuevas generaciones conozcan un mundo nacido a mediados de los sesentas y opacado con la llegada del Nintendo, la televisión de paga y la violencia genérica.

Sabemos que Yáñez habla cuando apoda a sus amigos según el color de su piel;según las ganas de bromear; según el estilo para manejar las bicis; según las prendas intimas que porta; pero su voz narrativa se goza por lo alambicado de los diferentes rostros que muestran sus palabras.

César Yáñez es un gran humorista. A lo largo de su libro nos encontramos con frases que nos remiten al albur; recordemos que el albur es cultura y defensa personal.

Cito al autor:

en pleno juego él sintió rara, guanga, siente que le han dado gato por
liebre, lobo por abuelita y pregunta
-por qué tienes esa hendidura tan grande?
tocan a la puerta, es el güeroprieto que quiere mear.
-por qué tienes ese ano tan grande?
es la pelinegra que quiere entrar a vomitar.
que se vayan a la chingada, grita luzbella y para el juego.
el chupafaros se asoma por la ventana y ve a la vecina de enfrente que
anda regando su iluminado jardin a cubetazos
luzbella se hinca frente al colgajo y lo lame, chupa el badajo.
la vecina lo mira discreta y deja que la vea
el chupafaros pregunta por qué tienes esa lengua tan larga pero luzbella
tiene la lengua ocupada
la vecina termina de regar y deja la cubeta
el chupafaros le ve secarse las manos en la cadera de su vestido, en las
nalgas de su vestido.

¿Por qué un libro de la magnitud de “las cartas del loco” ha de esperar a que un amigo se decida a publicarlo? ¿Por mala surte? ¿Por qué los Simpson tienen más de 20 años en la televisión? O porque las políticas de Estado no permiten la publicación de este tipo de material.

A mediados de los noventas del siglo pasado, conocí un trozo de “las cartas del loco” cuando César Yáñez fue becario por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes y “papá lobo” me estremeció y se lo comenté a la periodista Emilia Cervantes.

¿Cómo alguien tan desaliñado, tan desparpajado en su andar, tan poco atento a su manera de vestir, pueda escribir una narrativa tan impecable, prístina y redonda?

Ese comentario que formaba parte del natural racismo mexicano; de la siempre cercana olla de cangrejos que asola a quienes dirigen la política cultural, fue, es y será la causa principal de que “las cartas del loco” hasta ahora, vean la luz pública en esta edición a todo color.

El juzgar a alguien por su apariencia, tan común en el ambiente mexicano, me parece que fue uno de los problemas fundamentales por los que las cartas del César, no se hayan publicado antes.

Un doctor de la Huasteca potosina, manda una carta al programa radiofónico “Huastecos de corazón” y dice: el racismo en las compañías disqueras no sólo hacia el color de la piel, sino hacia las personas de la tercera edad, es tan descabellado, que he decidido editar mi propio material discográfico, con la esperanza de que lo escuchen las nuevas generaciones.

Yo retomaría esas palabras, para alabar la osadía de Emiliano que con su editorial Trébol se atrevió a imprimir “las cartas del loco” sin importarle, tal vez, que le reditúe ganancias económicas.

La narrativa urbana del autor, sólo nosotros podemos deducirla, sólo quienes auscultamos el renglón simplemente abandonándonos al César punitivo, la guardamos en el bolsillo derecho y caminamos con ella por el adoquinado del barrio de San Sebas. Sólo nosotros los que jamás esperamos la aprobación de la autoridad por escribir lo que escribimos, por leer lo que leemos, y en el caso del autor: por pintar lo que pintamos.

“Hay un trabajo oculto”, nos dice la cartomancista cuando el seis de espadas aparece con el cuatro de copas “entre las piernas de luzbella” es una de las cartas del tarot de César Yáñez que nos dice: “la fundación de la familia”: después de una noche de separación donde él se queda con el hijo, vuelve el clan a reunirse. Ella decide vivir con él. Los caminos separados se unen. De la incomprensión al entendimiento. Una lección.

La tirada es certera: aparece el amante inesperadamente; el fruto del ansia de la carne puebla a los personajes; luzbella saca a relucir el faro a los prietos y el que lee se queja de que la infelicidad está en todo el libro de Yáñez.

Es un trabajo oculto el del autor: augura el futuro, el pasado, el presente, el copretérito y el fax.

Cuando Yáñez nos cuenta del vendedor de pantallas para televisión, sabemos que el chupafaros tuvo ese trabajo oculto y nadie nos lo dijo. “las cartas del loco en su tirada nos habla de un autor que además de echar relajo con sus cuates, anduvo de pueblo en pueblo, de mentira en mentira, embaucando bobos con sus trozos de acrílico que fingían dar nitidez a los programas como Siempre en Domingo.

Imaginemos al César de sandalias en los caminos de la galia del altiplano, tocando a las puertas, ofreciendo su mercancía y por un rato, ser tocado por la honestidad: “no compre nada porque este trozo de vidrio no le hará la ida mejor, es sólo el producto de la necesidad lo que me hace andar por los ligares tratando de sobrevivir”.

Sobrevivir, tal vez sea la palabra que refleja “las cartas del loco”. Los personajes tratan de sobrevivir al juego de los horcados, al continuo mete-saca de los órganos sexuales, al sobregiro del lenguaje, al nunca llamar a las cosas por el nombre genérico; es pues, un sobrevivir constante por parte del autor, a una literatura mexicana que con este libro, se renueva, pues a pesar de que se publica al nacer el milenio es fresco, aullante, de propuestas significativas, con un sabor de provincia, más no aldeano y sumamente poderoso al mentir.

Sobrevivir a la cauda de libros que se publican diariamente en nuestra ciudad, ya no digamos nuestro país, es y será el reto de César Yáñez para hacer que “las cartas del loco” perviva. No obstante, tiene mucho en su favor: la universalidad del texto, algo que todo escritor busca y que en esta ocasión, encontramos pese a todo.

Felicidades al César por la publicación a todo color de su obra.

San Luis Potosí, México

Agosto de 2010

© 2010, Roberto Ruiz Gutiérrez

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Editorial Trébol. Todos los Derechos Reservados. San Luís Potosí, S.L.P. México, Septiembre 2010

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